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El amor es el primer sentimiento que aparece en el corazón humano. Y del amor surgen todos los demás sentimientos.
Porque el deseo es “el amor en movimiento”, que se dirige hacia lo que amamos. Y la alegría surge cuando se produce el encuentro con lo que amamos.
Por otra parte, si algo amenaza aquello que amamos, lo odiamos y queremos rechazarlo o huir de eso. Y si no podemos hacerlo, surge la tristeza.
También es el amor el que enciende la ira y el coraje para luchar por lo que amamos; pero –si los obstáculos son muy grandes– puede aparecer en nosotros el miedo. Y, si el temor crece, desembocamos en la desesperación.
Pero, si –finalmente– aparece la esperanza de vencer, remontamos la desesperación, superamos los obstáculos y –alcanzada la meta– recuperamos la paz.
De este modo, vemos que el amor es la fuente y la raíz de todos los demás sentimientos.
Y ese amor puede ser –simplemente– el amor a uno mismo, que nos lleva a defendernos de amenazas, o a buscar bienes que nos satisfacen o nos alegran. Pues –como ya hicieron notar los sabios antiguos– cuando alguien ama la música o el buen vino, no ama estas cosas por sí mismas: en realidad, las ama porque son buenas y gratificantes para uno.
Por supuesto, todo esto se vuelve mucho más rico y profundo si –además del amor a uno mismo– nos abrimos al amor de otras personas, estableciendo vínculos de amor... que es lo mejor que nos puede pasar en la vida.
Se pueden distinguir cuatro experiencias: la sensación, la emoción, el sentimiento y la voluntad.
La sensación es, sobre todo, corporal y generalmente breve. Así, por ejemplo, cuando en un día gris de invierno salimos de nuestro hogar a la calle, tenemos una sensación de frío.
La emoción es –principalmente– afectiva y también es breve, aunque puede ser intensa. Siguiendo con el ejemplo anterior podríamos presentarlo así: al ver ese día y gris y tener esa sensación de frío, surge en nosotros una emoción de soledad y desamparo.
